Ni contigo, ni sin ti

Desde la revelación que lo acreditaba oficialmente como el Diablo, la vida de Raul de Avellaneda había dado un vuelco total. Donde quiera que llegaba, la muerte le esperaba solemne como su leal mascota, muda y más proactiva de lo que esperó cuando se enteró que estaría bajo su cargo. Pero para él nada era importante. Realmente lo único que le aquejaba era haber perdido algo que alguna vez le había pertenecido: el corazón de una muchacha llamada Hilda Chocolate que en épocas remotamente recientes le había roto la voluntad.

El Diablo ahora pasaba sus días recorriendo caminos. Y una vez llego a Pueblo Nuevo. Se estableció allí temporalmente cansado de tanto andar. Rentó una habitación en un caserón grande y antiguo en frente del parque, y por las mañanas, sagradamente, iba al patio a regar con veneno su plantación personal de siempre vivas porque si las regaba con agua la muerte se emocionaba y se las llevaba antes de que florecieran siquiera.

Una mañana, Raúl de avellaneda amaneció antojado de lengua en salsa. La prepararía tal cual como doña Tomasa su madre, se la preparaba en los tiempos de su niñez cuando todavía no tenía nada que ver con el bajísimo. Se dio una ducha, y se dirigió a la carnicería.

La carnicería de Pueblo Nuevo tradicionalmente había sido atendida por la desde siempre honorable estirpe Rincón. Gente decente, el actual propietario del negocio era ahora don Félix Rincón. La vida de don Félix Rincón había sido marcada con la cruz de la desdicha cuando hacía ya dos años atrás su hija, Perséfone Amanda, su princesa adorada, había sido declarada por todo el pueblo como culpable del asesinato de un pobre hombre que se murió de amor. El fallo, aunque legalmente inútil, emocionalmente derrumbó al padre que desde entonces era un alcohólico fantoche que se pasaba las tardes, las noches y las mañanas jugando cartas contra su sombra, muerto de la risa en una silla en el lado de allá del cuarto frío, celebrando la excusa que le había dado la vida para no tener que trabajar.

Perséfone Amanda, de cariño apodada ‘María Cuchillos’, no tenía la culpa de ninguna muerte. Cuando se conoció con aquel hombre no tuvo intenciones de que él se enamorara de ella, pero se emocionó tanto con la novedad de no ser la única atenta al crecimiento de su busto que quiso abrirle su corazón como premio al observador caballero. Al principio se veían a hurtadillas en un corredor oscuro detrás de la calle del mercado, siempre después de media noche, que era cuando ella se podía escapar de la vigilancia atenta de su padre. Poco a poco, el pobre hombre alcanzaba su cometido despertando en ella una insaciable curiosidad por las cosas del amor, juego en el que María Cuchillos, poseedora de los dones de la carne, supo ganar sin mucho esfuerzo.

Una noche, borracha pero casta aún, le pidió a su enamorado que si tanto la quería, le regalara tres dedos: uno por ella, otro por él, y otro por los dos. Ella misma debía ser quien los cortara, para asegurarse que serían los mas bonitos de la mano izquierda del pobre hombre, que después de todo, ya no la usaría para nada. El enamorado accedió al capricho de la joven y a la noche siguiente María Cuchillos salió de casa luego de las doce con la hoja de su padre bajo el brazo, envuelta en un periódico amarillento, y preparada para usar solo tres tajos en la mano de su amor. Los cortes no fueron tan limpios como ella hubiera deseado. Aunque hubiera visto a su padre rebanar mil veces sin problemas pezuñas de cerdos que en vida pesaron una tonelada, su débil e inexperto brazo requirió de más de ocho movimientos para dejar al pobre hombre sin meñique, anular e índice de la mano izquierda. Los alaridos del hombre fueron tan escalofriantes que medio pueblo despertó asustado pensando que un alma muy en pena los había invadido. Pero María Cuchillos hábilmente supo irse a casa antes de que alguien llegara a revisar que había pasado detrás de la calle del mercado, con sus tres trofeos empuñados y el corazón de un pobre hombre latiendo de amor por ella, tan enamorado, que estaba convencido que el ritual de María Cuchillos era la muestra más grande de amor que podía entregarle a la que él deseaba como su mujer.

María Cuchillos terminó por aburrirse pronto. Ella no quería mas un títere con el que jugar. Habían pasado ya varias semanas desde que el pobre hombre le había demostrado su amor, pero al contrario de lo que ella pensó inicialmente, el amor no era un ejercicio de demostraciones sino algo tan complejo que su intelecto no era capaz de entender. Entonces resolvió alejarse de su enamorado y le pidió a su padre que la enviara durante una temporada a visitar a sus primas en La Cantera. Cuando volvió flotaba un hedor a mortecina en el aire de todo el pueblo y solo se fue cuando enterraron el cadáver inflado del pobre hombre, que se había suicidado cuatro días antes al tirarse de un alto y golpearse la cabeza con una roca invisible. Lo que nadie nunca supo fue como el cadáver fue a dar al río. De lo que todo el mundo se enteró, era que el pobre muerto tenía arena en el corazón.

Luego de ser señalada por todo el pueblo y de tener que lidiar con la incipiente locura de su padre, María Cuchillos decidió salir de su cofre y tomar las riendas de la carnicería. Poco a poco se convirtió en una experta rebanadora de pezuñas de cerdos que en vida pesaron una tonelada. Y poco a poco terminó por tomar la determinación de no dejar que ningún otro hombre se le acercara: no soportaría experimentar nuevamente en carne propia el sin fin de estupideces que puede hacer un hombre cuando por querer morder un par de pezones se deja cortar sin pena ni gloria 3 dedos de la mano.

Esa mañana, María Cuchillos se encontraba tajando un lomo cuando un negro que medía 1.8 metros de estura, de complexión gruesa y que desde sus tiernos 16 años se había ganado la vida como sobandero se le acercó y le dijo con voz de autoridad:

– Oye, vendeme una lengua. Que esté limpia y que no esté llena de nervios.

La voz del diablo retumbó en los oídos de María Cuchillos de manera tal que, como hipnotizada, corrió a buscarle la mejor lengua que pudo encontrar. Y se la entregó sin cobrarle por ella.

Esa noche, María Cuchillos no pudo dormir. Cada vez que cerraba los ojos veía al negro dándole órdenes, y cada vez que su voz retumbaba en su cabeza el bajo vientre la traicionaba y le hacía humedecer involuntariamente la ropa interior. Ciega de la impresión, impregnada de sus propios jugos, sorprendida inesperadamente por los bajos instintos que ahora la acechaban, empezó a maquinar un plan para poder acercarse al negro Raulito y pronto logró averiguar acerca curioso gusto del Diablo por las siempre vivas. Usó las flores como coartada para poder conversar con él la próxima vez que lo vio entrar en la carnicería.

Esa misma noche fue directo al caserón antiguo de en frente del parque y asaltó los pantalones del Diablo, quien le hizo el amor de todas las maneras imaginables, sorprendido por la frialdad de aquella mujer que le pareció perfecta, que seguro sería buena compañía en sus oscuras correrías y que sobre todo, parecía no tener problemas con su pequeño pene que tantas vergüenzas le había hecho pasar en otras épocas.

Al amanecer, el Diablo se despertó perturbado por el olor a muerte en la habitación. Miró entonces a su derecha y contempló por un momento el cuerpo desnudo de Perséfone Amanda Rincón, que yacía muerta y con las manos rotas y llenas de espinas de siempre vivas, flores que desde hace algún tiempo habían sido levantadas con veneno en el patio trasero de un caserón viejo en frente del parque de Pueblo Nuevo por la encarnación del mal en persona.

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