No llores por mí

Hilda Chocolate era una adolescente a la que no le gustaba su nombre. Había crecido en un barrio de clase media cerca de la Clínica de la Libertad, en un caserón enorme lleno de paredes blancas que sagradamente eran pintadas y repintadas cada 15 de diciembre justo antes de la novena de aguinaldos. Cuando Hilda Chocolate era pequeña sufría de asma, lo que la hizo odiar por siempre la navidad. No había fiesta decembrina en la que llegara el Niño Dios y ella no estuviera transformada en corneta, con la cara morada y el pecho hundido por la falta de aire. Su padre se llamaba Antonio Chocolate y era un militar retirado que ahora usaba bigote. Su madre era una novicia que se enamoró de un militar.

Al llegar a la pubertad, a Hilda Chocolate se le llenó la cara de acné. Su tez, que siempre había sido blanca como la nieve y pulcra como el algodón ahora se había llenado de decenas de intrusos que le impedían sentirse el ángel que en realidad era. Porque ella era un ángel, realmente, y estaba destinada a morir a los 16 años y luego reclamar su lugar en el Coro de Cánticos Celestiales Número 7 del Amado Contingente Angelical, como era lo usual entre las hijas de novicias retiradas por amor. Aunque ella no lo sabía, ese era su camino.

Hasta que apareció en frente de ella el Diablo. El Diablo por supuesto, no tenía intenciones de hacerle nada. Es más, ni siquiera sabía que era el Diablo, de eso enteraría después, pero mientras tanto respondía al nombre de Raul de Avellaneda y era un negro que medía 1.8 metros de estura, de complexión gruesa y que desde sus tiernos 16 años se había ganado la vida como sobandero. En el pueblo todos lo conocían como el Negro Raulito.

Un Domingo de Ramos, Hilda Chocolate salió de la iglesia vestida de blanco. El vaivén de su pollera, indiferente a la realidad e invisible a los ojos de los simples mortales, hizo que el Negro Raulito sucumbiera hipnotizado ante sus encantos. Durante semanas enteras el Diablo no pudo dormir. Inconsciente de la verdadera naturaleza de su obsesión empezó a maquinar un plan maestro que le permitiera al menos saber el nombre de la doncella desconocida.

Su plan sería simple, como todos los planes maestros, y consistiría en buscar la forma en la que cualquiera de los miembros de la sacrosanta familia tuviera un percance menor que lo obligara a solicitar servicios profesionales de sobandería. Algún tiempo después no le fue muy difícil ejecutarlo. Sin que él siquiera moviera un dedo, sus infernales vasallos le ayudaron con su causa e hicieron que don Antonino Chocolate se luxara un dedo con una pelota de béisbol.

Cuando el Negro Raulito entró a la blanca casa de la familia Chocolate, Hilda, la fatal adolescente, sucumbió de manera instantánea a la tentación. Una semana después ya no tenía acné, y otra semana después tomó su mochila, rompió su alcancía de marranito y se fué detrás Raul de Avellaneda.

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